Apatía, la vieja.
Últimamente, la tristeza parece haber abandonado su morada habitual en los rincones del alma para deambular libremente por el mundo inundándolo. Ya no se confina a la intimidad de los corazones solitarios ni a la oscuridad de las noches sin luna; su presencia se ha vuelto palpable, una niebla densa que se cierne sobre el paisaje cotidiano. Se percibe en el aire viciado de las ciudades, en el silencio que sigue a las risas forzadas y en las miradas perdidas de quienes transitan las calles, absortos en sus propios laberintos internos.
Es como una mujer anciana, de cabellos plateados que reflejan la luz de una luna ausente y un rostro surcado por el tiempo, cada arruga un mapa de dolores y desilusiones pasadas. Sus ojos, antes vibrantes con la chispa de la juventud, ahora son cuencas profundas donde la luz se ha extinguido, dejando solo el brillo opaco de lágrimas no derramadas. Arrastra sus pies cansados sobre la gravilla de los caminos olvidados y cada paso es un lamento silencioso que se mezcla con el crujido de las pequeñas piedras bajo sus desgastadas suelas. Su figura, encorvada por el peso de innumerables pesares acumulados a lo largo de incontables inviernos, avanza lenta pero inexorablemente, dejando tras de sí una estela de melancolía que se adhiere a todo lo que toca, una fina capa de polvo gris sobre el esplendor de la vida. Esta estela no es sólo visible, sino que se siente: un frío persistente que cala los huesos, un aroma a tierra seca y memorias marchitas que flota en el ambiente, envolviendo todo en un velo de desesperanza.
Mientras camina, entona una canción, un lamento etéreo que no se escucha con los oídos físicos, sino con el corazón, con el alma que aún vibra bajo el peso de la existencia. Es una melodía antigua y desoladora, que evoca el sonido del viento cuando se cuela por las rendijas de las ventanas rotas en una casa abandonada, silbando una tonada de soledad y olvido. Cada nota es un eco de las denuncias no pronunciadas que se ahogaron en la garganta, de las lágrimas no derramadas que se secaron antes de alcanzar los párpados, y de las esperanzas marchitas que, al igual que ella, vagan sin rumbo en la inmensidad del universo, buscando un lugar donde finalmente puedan descansar. Su canto es el murmullo de un dolor colectivo, la resonancia de las penas que habitan en cada rincón de la experiencia humana, un coro invisible de almas que comparten la misma carga, la misma búsqueda infructuosa de consuelo en un mundo que parece haber olvidado cómo ofrecerlo. Es una sinfonía de la desilusión, un himno a la resiliencia silenciosa de aquellos que, a pesar de todo, continúan su andar.
La falta de empatía con este ser produce aislamiento. La humanidad se presenta ya con bocas y ojos a medio coser, sentidos casi apagados, pues la constante exposición a información sesgada y manipulada nos ha mermado la capacidad de discernir y sentir. Esta sobresaturación de datos parciales no solo distorsiona nuestra percepción de la realidad, sino que también atrofia nuestra habilidad para conectar con el dolor ajeno y comprender las complejidades del mundo. La conexión y el entendimiento mutuo se han disuelto en el éter, dejando un vacío que ninguna palabra puede llenar, convirtiéndonos gradualmente en seres inútiles, abocados al olvido de nuestra propia humanidad. La tristeza, en su deambular, no solo arrastra consigo su propia carga, sino que también revela la fragilidad de la condición humana y la incapacidad de muchos para reconocer y acoger el dolor ajeno, cegados por la neblina de la desinformación. Es en esta desconexión donde la niebla se vuelve más densa, y la oscuridad se cierne con mayor intensidad sobre los corazones, impidiendo que la luz de la compasión y la comprensión disipe la penumbra.
Paradójicamente, esta carencia de empatía suele ir de la mano de
una peligrosa ilusión de superioridad. Nos forjamos la idea de que somos más fuertes, más inteligentes o más merecedores que otros, creyéndonos lobos o leones en la jungla de la existencia. Sin embargo, esta percepción es una cruel falacia. En realidad, nos convertimos en una especie de corderos trastornados, engañados por nuestra propia arrogancia. Al aislarnos en nuestra supuesta superioridad, nos volvemos más vulnerables, más fáciles de manipular y, en última instancia, más sencillos de sacrificar en el altar de los intereses de unos pocos. Esta auto-ilusión de superioridad nos despoja de nuestra verdadera fuerza, la que reside en la compasión y la solidaridad, dejándonos expuestos y frágiles ante las adversidades que, sin una conexión empática, no logramos enfrentar como una humanidad unida.

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