viernes, 5 de julio de 2013

Sopa de letras.

Aquellos libros antiguos.





Éramos más de cuarenta por clase, entre las filas se encontraban golfillos y empollones. Se entraba a las nueve y se salía a las dos y por la tarde de tres a seis. Los sábados íbamos hasta las doce. Cantábamos el cara al sol en el patio antes de entrar; perfectamente alineados, como si fuésemos a desfilar o a jurar bandera. Entrando, lo primero rezar padre nuestro y ave María antes de dar los buenos días al maestro; que cansado, y sobre la tarima de madera a modo de patíbulo, muchas mañanas musitaba las estrofas de las oraciones, igual que hoy se comulga con tantas otras cosas que no nos hacen gracia e incluso odiamos. Cierto es que jamás vi a ningún maestro ni compañero de clase caer desfallecido por rezar, tampoco lo vi enfermar por cantar el cara al sol ni por salir a la pizarra a la sombra de Franco o la purísima. 



El maestro era una persona tan respetada como el padre de cada uno y cuando hablaba las moscas paraban de dar vueltas en el éter del aula y se posaban en la pizarra atendiendo la explicación. Entonces se leía a diario y el maestro contaba el número de palabras por minuto y controlaba la comprensión del texto. Había una cosa que estaba clara si valías, valías para ser el capitán del equipo o para estar en el primer sitio de la clase. La competencia, aun sin apreciarla en toda su extensión estaba presente en cada una de las cosas que se hacían. Además eran de dominio público los resultados. El que más palabras leía o mejor nota sacaba era el primero.  Que yo sepa o recuerde, no se suicidó ninguno por ese motivo.  



Nos criábamos sin consolas, como máximo un tirachinas, un balón o una escopeta de plomos. Por las tardes las clases de apoyo eran de subir a los árboles,  jugar al balón o correr por los campos. No hacíamos ballet ni tenis ni siquiera clases de idiomas, como mucho echábamos la siesta en verano y en invierno nos dejaban un rato en el portal. Si se tenía un problema se solucionaba en el recreo, dos achuchones y un revolcón servían para dirimir una diferencia de opinión. 


Esos valores que nos inculcaron en la escuela nos han servido a casi todos para labrarnos un futuro. Cierto es que a algunos le ha ido mejor que a otros, pero de aquellos tiempos casi todos adquirimos una serie de cualidades que se nos grabaron a fuego. Bien combinados en sus justas proporciones, estos ingredientes aplicados a uno mismo y/o a los demás, son los que cimientan nuestro éxito profesional y personal.

Disciplina, esfuerzo, consideración.


Cuando muchos años después, algunos con nietos, la mayoría con hijos, escuchamos a los políticos justificar el cambio de modo de estudio a cada poco. Cuando observamos a los alquimistas aficionados a las letras, poner en el mismo caldero religión y matemáticas, literatura y educación para la ciudadanía, y remover con el cucharón de los votos ese mejunje. Cuando balbucientes por televisión nos quieren hacer comulgar con piedras de molinos cervantinos. Cuando justifican tanto la cantidad como la calidad del haz y del revés. Ahora me acuerdo de mi maestro y sus pescozones y de la repetición de las mejores jugadas cuando llegabas a casa. Siento pena, pena de la educación pública y de lo que se ha convertido. 

Me alegro de haber nacido en ese momento en el que la educación era cosa de muchos. De que participaran sin excusas en casa, en la escuela y hasta el lechero o el tendero si venía al caso y de cenar sopa de letras muchas noches en mi infancia.



Gracias aquel hombre que compraba enciclopedias para casa, de cualquier tema y con cualquier excusa -Mi padre- .
Y al que no le importaba explicarme las cosas - Mi maestro-.





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