¿Quién viene a salvar este país?

Era una noche fría, de esas que estamos teniendo esta prinviernera con sus nieblas y sus nubes. La luna llena iluminaba como podía la tapia del viejo cementerio. Un perro, tres calles más abajo aullaba como si lo estuvieran apaleando y varios más le contestaban desde lejos. La vieja reja del cementerio chirriaba por el viento aunque ellos no le hicieron aprecio. Varios hombres cruzaron por delante, uno de ellos llevaba un portafolios de piel, otro lo que parecía una bolsa protectora de traje, el resto cuchicheaba y miraba de reojo. Se detuvieron delante de una tumba. Cuatro de ellos levantaron la pesada losa de mármol gris y la retiraron. Entonces los dos más corpulentos saltaron dentro armados de pico y pala. Se turnaban de vez en cuando. Mientras, las linternas apuntaban al frente de la excavación. La tierra húmeda empezó a oler a metano, después el olor se convirtió en hedor. Sonó hueco. - Está aquí- increpo uno de los mineros. -limpiad la tapa, abrid el ataúd - dijo con voz profunda el jefe.
Dentro, un hobrecillo pequeño, de tez blanca y pelo negro engominado, brillaba a la luz de la linterna. - Apartad, haced sitio. Voy a recitar el conjuro.- Una serie de palabras ininteligibles y voces guturales salieron de la garganta del jefe. Las linternas titilaron, la luna se oscureció. Los perros comenzaron a aullar, ahora con más fuerza y más lejos. La sangre se helaba en las venas y aunque prestaban atención, ninguno de ellos apreciaba palabra alguna. Un ruido como de crujir leña sonó en la tumba. Al alumbrar con las linternas, los ojos antes cerrados ahora brillaban anaranjados, encendidos. Los más valientes se apartaron, el jefe se acercó un poco más, apoyó las manos en el borde de la fosa, se inclinó y con voz firme increpó al fiambre:
- ¡José Mari!.
Como un resorte, el desfiambrado se incorporó y saltó como un león al borde de la fosa. Ahora se apreciaba en toda su magnitud. La camisa rota dejaba ver sus abdominales. El bigotillo bajo su nariz y la risa forzada, todo junto. Parecía como si le hubiesen dado un sartenazo con mal gusto en la cara. Su porte sin igual brazos en jarra. Abrazó al jefe del grupo y lo besó.
-Gracias Espe, sabía que vendrías, necesitaba volver, España me necesita, los españoles me necesitan. Abrazó uno por uno al grupo, después los alentó.
- ¡Amigos, desenterremos a Don Manuel y dirijámonos después al Escorial en busca del general!





